Ok, pero aclaro que no es obsesión. Es simplemente que el té de manzana con canela es superior y yo tengo ojos, nariz y alma funcionales para notarlo.
Para empezar, el olor. Nadie habla lo suficiente del olor. No es un olor cualquiera, es el olor. Apenas hierve el agua y la bolsita toca la taza, el aire cambia. Literalmente cambia. De repente todo se siente más tranquilo, más cálido, más como si la vida estuviera ligeramente mejor organizada. Huele a otoño eterno, a cocina limpia, a tardes lentas donde no pasa nada malo. Y yo no me quedo oliéndolo demasiado tiempo antes de tomarlo, claro que no… solo respiro profundo unas cuantas veces porque es lógico hacerlo.
Luego el sabor. Porque no es dulce de forma molesta, no. Es dulce responsable. La manzana aporta esa suavidad que te abraza sin invadirte y la canela llega como diciendo “tranquila, yo me encargo del caos”. Es un equilibrio perfecto, matemático, casi poético. No quema la garganta, no cansa, no empalaga. Es el tipo de té que podrías tomar todos los días sin aburrirte… y si lo tomas todos los días, pues casualidad.
Y lo mejor es que funciona para TODO. Si estás triste, te consuela. Si estás estresada, te baja las revoluciones. Si estás feliz, lo acompaña. Si estás enferma, mágicamente te sientes un poquito mejor. Si no sabes qué hacer con tu vida, al menos sabes que hacerte un té de manzana con canela es la decisión correcta. Eso no es obsesión, eso es estabilidad emocional líquida.
Además, no es solo beberlo, es el ritual. Elegir la taza correcta (porque no todas las tazas merecen este té), esperar el tiempo exacto, moverlo con cuidado, soplarle un poquito aunque no esté tan caliente. Y sí, puede que yo lo defienda como si fuera una entidad sagrada y me ofenda internamente cuando alguien dice “meh, prefiero otro”, pero eso es normal. No voy por ahí diciendo que es el amor de mi vida… solo digo que si tuviera que elegir una bebida para el resto de mi existencia, la respuesta estaría CLARÍSIMA.
En resumen: no estoy obsesionada con el té de manzana con canela. Simplemente es perfecto, y yo no tengo la culpa de reconocer la perfección cuando la veo… o cuando la huelo… o cuando la tomo todos los días sin falta.
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