Hubo un momento en el que todo lo que había guardado dentro simplemente se rompió.
Durante mucho tiempo intenté actuar como si nada pasara. Sonreía, hablaba normal, hacía mis cosas… pero por dentro la ansiedad crecía en silencio. Era como cargar una mochila llena de piedras que nadie podía ver. Pensé que podía esconderlo para siempre: mis pensamientos, el cansancio, las veces que no comía bien, las cosas que me estaba haciendo a mí mismo/a sin querer aceptar que necesitaba ayuda.
Pero los secretos no se quedan ocultos para siempre.
Un día todo salió a la luz. No fue planeado. Las palabras salieron solas, junto con el miedo, la vergüenza y las lágrimas que había estado guardando por tanto tiempo. Fue aterrador sentir que ya no había nada que esconder, que las partes de mí que más trataba de ocultar finalmente estaban ahí, frente a los demás.
Y aun así… también fue un momento extraño de alivio.
Porque cuando todo explotó, cuando la verdad se dijo en voz alta, entendí algo: cargar todo solo/a era lo que más me estaba lastimando. Decirlo no borró la ansiedad de inmediato, pero abrió una puerta que antes estaba completamente cerrada.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario